Filosofía Productiva

pensamiento en acción

Mes: junio 2016

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Escritura y pensamiento

La escritura es una herramienta ideal para desarrollar y afinar nuestras ideas. Sin embargo, para poder usarla en plenitud, debemos desaprender algunas creencias y supuestos.

El aprendizaje de la escritura y sus presupuestos

Aprendemos a escribir alrededor de los seis años. No dejamos de escribir, en mayor o menor medida, desde esa edad. No hay casi ninguna otra habilidad que nos acompañe por más tiempo. Sin embargo, ante la idea de escribir, sufrimos vértigo.

No es sólo el miedo ante la página en blanco de los escritores. Todos sentimos la misma angustia: no sabemos por dónde empezar.

Gran parte de la responsabilidad, me parece, está en entender la escritura como un simple accesorio del pensamiento. Primero pensamos algo, después lo escribimos. Si pensamos bien, lo escrito sale bien. Si debemos responder a una pregunta, la respuesta ya la sabemos de antemano. Sólo hay que escribirla. Así es cómo desarrollamos la escritura durante toda la escuela.

Propongo pensar la escritura de otra manera: como una exploración. La escritura es un vehículo de primer orden para que el pensamiento se desarrolle. Para ello, hay que darle espacio.

La escritura como proceso (un ejercicio)

El siguiente es un ejercicio para crear ese espacio para la escritura:

  1. Elegí un tiempo. Para empezar, diez minutos es suficiente.
  2. Durante ese tiempo, escribí sobre el tema que quieras explorar sin ningún tipo de límites. No borres, no corrijas, no vuelvas atrás. Perdete en el tema. Equivocate. Volvé a encontrar el centro. No hay forma de escribir mal, salvo una: permitir que el juicio se interponga y dejar de escribir.
  3. Al final del trabajo leé lo escrito. Vas a encontrar mucha basura, pero habrá una idea, una imagen, una frase que tenga cierta fuerza. Resumí esa frase o o esa idea en una afirmación lo más contundente que puedas.
  4. Volvé a escribir durante otros diez minutos, tomando la afirmación como punto de partida. Escribí “a la luz” de esa afirmación.
  5. Repetí el proceso hasta que tengas cuatro textos. El proceso es siempre el mismo: escritura, revisión, afirmación, escritura.
  6. Después del último texto las cosas deberían estar mucho más claras. Por lo común, a través del proceso de reescritura emerge un tema central, un punto focal de lo escrito. Ahora podés empezar el proceso de corrección, tomando la idea central última y el último texto como base. Pulí, reescribí, ordena y eliminá todo lo necesario para que el texto exprese la idea central. No tengas miedo de eliminar partes importantes de tu texto. Menos es más, siempre.

Últimas consideraciones

Expuesto así, el ejercicio parece ser una suave progresión hacia el mejor texto posible. Nada más lejos, y debo advertir una cosa: en algún momento uno se siente perdido, no sabe para dónde ir. Es normal, y hasta es deseable. Según mi experiencia, los mejores textos surgen cuando uno se siente más perdido. Lo mejor que puede pasar es empezar con una idea y terminar, después de las re-escrituras con una idea totalmente distinta. Esto es un signo claro de que el pensamiento evolucionó, cambió, se hizo más rico. Igual que un organismo vivo.

Precisamente, la idea detrás del proceso es que el texto a escribir es como un organismo vivo: cambia, se desarrolla, termina siendo algo distinto pero a la vez es más puramente lo que es en realidad. Lo importante del asunto no es sólo lo que pasa con el texto: es lo que pasa con nuestro pensamiento. El texto es el vehículo. Nuestro pensamiento y nuestras ideas cambian con el texto, se desarrollan, se enriquecen.

Piérdanle el miedo a la escritura. Es perderle el miedo al propio pensamiento.

Objetivo, visión y misión

Quiero proponer un enfoque distinto de lo que es una visión y una misión. No porque la forma tradicional sea incorrecta, sino porque me gusta usar tres conceptos: objetivo, misión y visión como una herramienta para enfocar mejor lo que queremos conseguir, encontrar la motivación para avanzar hacia la meta y comprender mejor cómo esa meta se conecta con el entorno.

Objetivo

El objetivo responde a una pregunta simple:

¿Qué quiero conseguir?

El objetivo, así planteado, puede ir desde algo muy concreto y alcanzable en poco tiempo hasta una meta a tres, cinco, diez o veinte años, que como tal estará redactada desde un nivel más general.

Es común referirse a las metas a corto o mediano plazo, mucho más específicas o más medibles, como objetivos. La visión, en cambio, haría referencia a metas a más largo plazo y conectadas con la totalidad vital de la persona, no solo con objetivos profesionales o comerciales específicos.

Yo prefiero referirme a todos ellos como objetivos, ya que usaremos las mismas técnicas para todos. Cuando el objetivo sea específico, la respuesta a las preguntas será mucho más clara. Cuando, en cambio, pongamos el foco en una “visión” a largo plazo (que sigo llamando objetivo), el objetivo tendrá una redacción más general, más vinculada con los valores o la identidad del emprendedor, pero deberá cumplir, en su medida, con las mismas características que cualquier objetivo:

  1. Expresado en positivo
  2. Ubicado en el contexto apropiado (tiempo y espacio)
  3. Específico
  4. Bajo el control de quien lo emprende
  5. Tamaño adecuado
  6. Ecológico

Cada uno de estos requisitos variará dependiendo de qué objetivo planteemos. Es normal, en un objetivo a largo plazo, que la especificidad de su redacción o la ubicación en un contexto sea un poco más general. También podemos  aceptar que algunas cosas no estén directamente bajo nuestro control, aunque siempre teniendo consciencia de ellas.

Visión

Una vez en claro el objetivo, podemos formular la visión.

¿Qué es la visión? Es la narración del objetivo con palabras sensoriales y de acción, esto es: sustantivos, adjetivos y verbos. Es el objetivo en movimiento, la imaginación dándole vida a lo que queremos alcanzar.

Al revés del objetivo, donde se admiten palabras conceptuales y valores, sobre todo cuando nuestro objetivo es más general o alejado en el tiempo, en la visión hay que darle vida a través de palabras que evoquen imágenes, sentidos, movimiento y color.

La visión no se crea con el pensamiento lógico, sino con un enfoque creativo. Es en la visión donde damos vida a nuestro objetivo proyectándolo en nuestra pantalla mental.

La mejor manera de crear una visión es colocarse mentalmente en el momento en que conseguimos nuestro objetivo y dejar volar la imaginación. ¿Qué vemos, qué escuchamos, qué sentimos cuando alcanzamos el objetivo? Escribamos una narración de esa visión lo más detallada posible. Abundemos en detalles.

La visión apela a la parte inconsciente del cerebro, y más allá de que el resultado termine siendo tal cual lo imaginemos al principio, la visión es lo que nos empuja a lograr nuestro objetivo, porque la hace concreta y deseable.

Misión

También hay muchas formas de redactar una misión, pero la manera más clara de definirla para este enfoque es decir que la misión es la visión o el objetivo en el campo del otro.

¿Quién es el otro? El cliente, la familia, la pareja, los ciudadanos… Todo aquel que participa en nuestra visión y para quien, en última instancia, la desarrollamos.

Porque la visión, si bien sale de nosotros y somos quienes la creamos, tiene su finalidad en los demás: la familia, el cliente, nuestra sociedad.

Una forma de enfocar la redacción de una misión es pensarla formada por tres partes:

  • Personas
  • Problemas
  • Producto

Todo emprendimiento está enfocado a un determinado público, cierto sector que tiene un problema, y nuestro producto o servicio soluciona ese problema. Frank Scipion llama a este principio la regla de las tres P.

La misión es el enfoque de la visión hacia el mundo, es nuestro “para qué” estamos acá, para qué hacemos lo que hacemos.

¿Se animan a redactar su meta a través de estos tres conceptos?

Cómo focalizar la mente (o cómo programar el SAR con una sencilla lista)

¿Cuántas veces nos propusimos un objetivo para descubrir, al final del día, que no hicimos ningún avance? Focalizar la mente es una tarea difícil, y no es algo que pueda hacerse con pura fuerza de voluntad.

El sistema de activación reticular (SAR) es una parte del cerebro que compartimos todos los mamíferos. Se trata de una red de neuronas que conecta la parte superior y la parte inferior del cerebro.  Realiza muchas funciones  importantes, como regular los procesos de sueño y vigilia, el sexo, la alimentación, la respiración y el latido del corazón.

Quizás la función más importante del SAR es el control de la consciencia. Se cree que regula, junto con el estado de vigilia y sueño, la capacidad para centrar la atención, además de filtrar estímulos repetitivos como ciertos ruidos que pueden actuar de distractores, evitando la sobrecarga de sentidos.

¿Cómo usar el SAR para enfocar la mente hacia nuestros objetivos y detectar esas oportunidades de mejora que se nos escapan?

Una forma de hacerlo es escribir una lista de los pequeños éxitos que tenemos durante el día.

Invito a que hagan la prueba:

Al final del día, en un papel o en la computadora, escriban una lista de todo lo que mejoró, aunque sea en un aspecto mínimo.

No se trata de lo que fue bien, ni mucho menos de los resultados excelentes, sino sólo de lo que mejoró: aquello que simplemente fue ligeramente mejor de lo que podría haber ido.

Por ejemplo:

  • Me levanté cinco minutos más temprano.
  • Pensé espontáneamente en el asunto en el que quiero trabajar.
  • Hice dos minutos de ejercicio

O incluso:

  • Me acordé de hacer ejercicio (aunque no lo haya hecho).

Como se ve, es una lista muy distinta a:

  • No conseguí levantarme a horario (aunque los cinco minutos hayan sido un avance hacia eso).
  • No pude trabajar en el proyecto (aunque pensarlo ya es un pequeño trabajo).
  • No pude hacer la media hora de ejercicios planeada (pero dos minutos es la base).

Además del concepto del SAR, aquí también juegan los hábitos: lo que distingue a muchas personas que alcanzan sus logros no es ninguna capacidad especial, sino tener un buen sistema de hábitos que trabajan a su favor; y ya sabemos lo difícil que es instaurar un hábito productivo o librarnos de uno perjudicial.

Como los levantadores de pesas o cualquier deportista, que comienza a entrenar con metas pequeñas y acordes a su nivel (poco peso, poca distancia o poca velocidad) y luego va aumentando gradualmente, nosotros también podemos hacer lo mismo con los hábitos. En lugar de ir por todo y apostar a un éxito absoluto de una hora y media ininterrumpida de ejercicios todos los días, y fracasar totalmente porque algún día no cumplimos con la meta o cortamos diez minutos antes, conviene comenzar muy por debajo de las expectativas finales.

El objetivo no es completar el tiempo o la meta buscada cuanto antes, sino facilitarle el cambio de hábitos al cerebro. Es casi como deslizarse en el hábito.

La lista que fue mejor es una buena manera de implementar el hábito de focalizarse en las metas, haciendo consciente aquellos pequeños logros durante el día.

Metamodelo de lenguaje, o cómo hacer buenas preguntas (y no perderse en el intento)

La base del metamodelo del lenguaje la encontramos en una frase de Alfred Korzybski, casi un mantra repetido por todos lados (hasta inspiró el título de una novela de Michel Houellebecq):

“el mapa no es el territorio”.

O por decirlo de otra manera: las representaciones mentales que tenemos del mundo no son la realidad, sino un mapa más o menos aproximado de la misma.

Como todo mapa, difiere de persona a persona; y como todo mapa,  no necesariamente hay que pensarlo como correcto o incorrecto, sino como útil o no, dependiendo de las circunstancias y de nuestros objetivos.

Imaginemos que queremos orientarnos en París o en Buenos Aires. Si somos turistas, lo mejor será contar con un mapa turístico que nos indique las zonas que queremos visitar, los puntos turísticos de interés, restaurantes, museos, hoteles y toda la información necesaria para disfrutar del viaje.

En cambio, si somos ciudadanos que queremos movernos por la ciudad, deberemos elegir una guía de transporte; y si somos ingenieros o topólogos que deben realizar un trabajo de campo, ninguno de los dos mapas nos servirá.

¿Es que los mapas son incorrectos? No, solamente no son adecuados para nuestros fines y circunstancias.

Lo mismo ocurre con los esquemas, modelos, creencias y experiencias que conforman nuestro “mapa mental” de la realidad. Son perfectos en sí mismos y son útiles en muchas situaciones, pero debemos ser conscientes de que son solamente eso: un mapa, que puede revelarse inadecuado para la situación que debemos enfrentar.

La comunicación y sus diferencias

La diferencia de mapas mentales se hace muy patente en la comunicación. ¿Cuántas veces, en una charla con un amigo, con un cliente o incluso con nuestra pareja, nos encontramos en un conflicto por haber entendido distintas cosas, por haberle dado un significado distinto a ciertas palabras?

Para abordar este asunto, hoy quisiera centrarme en el “metamodelo de lenguaje”, sólo porque es uno de los métodos más prácticos que conozco para lidiar con las diferencias de interpretación en una conversación tipo, para llegar a descubrir “la verdad atrás de las palabras”, o más bien, la verdadera experiencia de nuestro interlocutor.

El origen del metamodelo

El metamodelo del lenguaje surgió de las investigaciones de Richard Bandler y John Grinder sobre la forma que tenía Fritz Perls, el creador de la terapia gestáltica para preguntarle a sus pacientes. Tanto él como Virginia Satir (la segunda terapeuta modelada) hacían preguntas de manera muy concreta, para recabar  información precisa de sus pacientes. En ese camino de recolectar información, lograban que el propio paciente cuestionara algunas de sus asunciones y terminara descubriendo aspectos de su experiencia que lo sacaban del conflicto.

El metamodelo del lenguaje fue el primer modelo que desarrollaron Bandler y Grinder, y lo publicaron en los libros La Estructura de la Magia, vol. 1 y 2.

Para entender el metamodelo de lenguaje, conviene ver cualquier acto de comunicación como si estuviera formado por tres charlas.

Pongamos esta situación: un cliente entra a un negocio y quiere comprar una heladera, por lo que conversa con el vendedor. ¿Cuántas conversaciones ocurren?

Una conversación es la que ocurre entre ellos, la charla que mantienen, donde, por ejemplo, el vendedor le pregunta: “¿Qué desea, señor?” y el comprador contesta: “Quisiera ver una heladera grande.” Este es el nivel más claro, y lo vamos a llamar “estructura superficial”; se trata de las palabras que escuchamos, y que podemos registrar con un grabador.

Pero, además de este nivel, cada participante tiene una conversación consigo mismo. A qué se refiere con “heladera grande” solo lo sabe el cliente. ¿Cuán grande es la heladera? ¿Quiere una heladera de mucha calidad, o sólo una básica?

Por el otro lado, en el vendedor también está operando su estructura profunda, y de seguro en su cerebro se disparan una serie de imágenes sobre lo que es una heladera grande. Si está necesitado de la venta, casi seguro se imaginará que este cliente le salva el día.

Acá tenemos una diferencia clara entre la estructura superficial y la estructura profunda: si el vendedor no se preocupa por averiguar qué quiere decir su cliente al preguntar por “una heladera grande”, casi seguro le mostrará una heladera que puede no coincidir con sus deseos.

Es un ejemplo básico, ya que la solución de la ambigüedad no es complicada, pero en situaciones comunicacionales más complejas, metemos muchísimo más de nuestra experiencia en lo que escuchamos, y así surgen las dificultades de comunicación. El metamodelo nos permite evitar caer en interpretaciones apresuradas.

Las tres transformaciones lingüísticas

En toda comunicación ocurre, entonces, en ese pasaje de la estructura profunda a la superficial, tres transformaciones lingüísticas, y la gran mayoría de estas transformaciones son inconscientes y naturales:

  • Las supresiones: eliminamos información que consideramos no es relevante.
  • Las distorsiones: modificamos de alguna manera la experiencia original (la estructura profunda), bien porque no recordemos la experiencia tal cual fue o porque nuestra percepción, como toda percepción, es sesgada y parcial.
  • Las generalizaciones: tomamos ciertas circunstancias concretas como si fueran toda la realidad, ampliando los casos concretos a situaciones generales.

Generalizaciones

Una experiencia específica pasa a representar la categoría completa de la cual es parte.

Afirmaciones universales

Generaliza una experiencia concreta, haciéndola válida para todas las circunstancias

Cuantificadores universales: todos, todo, siempre, nunca, nadie, nada, jamás…

Preguntar sobre la generalización pidiendo más datos: ¿Qué … exactamente?

Afirmaciones o frases limitantes

Representan nuestras exigencias

Operadores modales de necesidad y posibilidad: Puedo, tengo, debo, no tengo, no debo, hay que, debería… es imposible, no es posible…

¿Qué te lo impide?

¿Qué pasaría si lo hicieras?

Supresiones

Ciertos aspectos de la experiencia son excluidos de su representación.

Comparación incompleta

Uno de los términos de la comparación no se indica.

Expresiones comparativas: más que, menos que, mejor, peor, el mejor, el peor, más…

Preguntar por el otro término (implícito) de la comparación.

Sujeto inespecífico

El sujeto de la acción no está especificado

Pronombres personales inespecificados: Ellos, se dice… la gente

Sujetos tácitos

(No me hablan… mo me entienden)

Preguntar por los sujetos ocultos detrás del pronombre inespecífico.

¿Quién?

¿Quiénes?

Contexto no especificado

Falta especificar: Qué, con quién, cuándo, cómo, dónde…

Predicados o sujetos con pocos complementos

(La secretaria no se comportó – Al final no llegué a decírselo)

Determinar verbos, adejtivos, etc., y ver si podrían tener más complementos.

¿De qué manera ….. (verbo)?

Distorsiones

Las relaciones entre las partes de un modelo se representan en forma diferente de las relaciones que se suponen deben representar.

Lectura de mente

La persona presupone saber lo que piensa el otro

Palabras referidas a estados internos de otras personas en lugar de palabras referidas a experiencias sensoriales

(Estás enojada – sabía que no te iba a gustar mi regalo)

Implican suposiciones

¿Cómo lo sabés?

¿Qué te hace pensar que…?

Nominalizaciones

Representa un proceso como evento concluido.

Usar sustantivos que se corresponden con verbos

1) Comprobar si es una nominalización:

a) Técnica de la carretilla: ¿Se puede colocar el sustantivo en una carretilla?

b) Comprobar si el sustantivo se puede combinar con la frase: “Un/a …… prolongado/a”

2) Transformar la nominalización en su verbo correspondiente.

3) Preguntar usando el verbo en lugar del sustantivo (ver si detrás de la nominalización, una vez eliminada, no hay alguna otra violación al metamodelo)

Causa efecto

Considerar que una determinada conducta provoca necesariamente una determinada reacción emocional

(Puede ser verdad, pero le da el poder a otra persona para determinar el propio estado interno)

Palabras referidas al propio estado interno como provocado por otros

(Me irritás – me enojás – no me dejás tranquilo)

a) Preguntar de qué manera se provoca el estado interno.

b) Preguntar de qué manera la conducta de A provoca el estado interno en B.

c) Preguntar si siempre que A hace eso, provoca el mismo estado interno en B

Creencias

Opiniones dadas por verdaderas, juicios de valor de quienes consideran su mapa como único.

Juicios de valor, generalmente no indican que la valoración sea propia, sino una verdad aceptada y/o externa.

(Los autos importados son mejores)

¿Cómo lo sabe?

¿Quién lo dice?

 

Tres preguntas para definir objetivos

Este ejercicio es una variación personal del método que propone Mark Forster en su libro How to make your dreams come true. Resulta muy apropiado para comenzar a definir nuestro objetivo cuando no lo tenemos tan claro. En otras palabras, es una vía para responder a una pregunta simple:

¿Qué querés?

Todos tenemos el mismo problema ante esta pregunta: nos cuesta definir qué es lo que verdaderamente queremos.

Y cuando no tenemos en claro nuestros objetivos, terminamos trabajando por los objetivos de los demás.

Si nos dedicamos a pensar y trabajar esas ideas que salen de nuestro inconsciente, podemos ir refinando de a poco nuestros objetivos. Un tiempo después, la respuesta a la misma pregunta cambia: se hace mucho más viva, más original y más personal.

Aunque definir un objetivo alineado con la propia personalidad lleva tiempo y dedicación, estos ejercicios son un excelente punto de partida para comenzar a descubrir los verdaderos deseos.

“Qué significa: haz lo que quieras?  Quiere decir que debes hacer tu verdadera voluntad, tu secreto más profundo, que no conoces. ¿Cómo puedo descubrirlo entonces? Siguiendo el camino de los deseos, de una a otro, hasta llegar al último. Es el más peligroso de todos los caminos. Exige la mayor autenticidad y atención, porque en ningún otro es tan fácil perderse para siempre.” Michael Ende – La historia Interminable

Definir lo que no se quiere

Nuestro cerebro está desarrollado para nuestra supervivencia. Es más fácil centrarse en los puntos negativos que en los positivos. Aprovechemos esta capacidad del cerebro para centrarse en lo negativo y hagamos un poco de jiu-jitsu mental.

Poné un cronómetro con un tiempo prefijado (dos minutos es una buena medida) y mientras corre el reloj, completá sin pensar varias veces la siguiente frase:

  • No quiero tener…

Es importante que no te pares a pensar demasiado y que no censures nada de lo que sale. Tampoco importa si te repetís, es más: recomiendo no parar de escribir, y una buena manera de hacerlo es mantener la mano en movimiento repitiendo lo último que escribiste si no sale nada nuevo.

Otra vez: no pares de escribir.

Cuando se cumplan los dos minutos tomá un respiro, y después hacé lo mismo con estas otras dos frases:

  • No quiero hacer…
  • No quiero ser…

Mientras resulta difícil decir qué es lo que queremos, decir lo que no queremos es muchísimo más fácil. ¡Lo más probable es que los dos minutos sepan a poco!

Cuando hayas terminado esta etapa, descansá y pasá a la siguiente.

Polarizar las respuestas

Todo lo que escribiste puede ser muy revelador, pero sin dudas no motiva demasiado. Así que pasemos al siguiente ejercicio:

Tomá cada una de las frases y escribí su opuesto. En vez de “No quiero tener…”, “No quiero hacer…” y “No quiero ser…”, escribí:

  • Quiero tener…
  • Quiero hacer…
  • Quiero ser…

No te guíes  por la gramática ni el diccionario: lo que importa es que sea lo opuesto para vos.

Al terminar el ejercicio, deberías contar con una serie de frases positivas sobre lo que querés. Algunas parecerán obvias, pero no hay que descartarlas: es importante escribir y hacer tangible todos los aspectos de nuestros objetivos.

Entre todas esas frases, espero, también habrá alguna sorpresa.

Profundizar los descubrimientos

Ya estás en carrera y le tomaste el gusto (o la habilidad) a esto de completar frases. Hacé correr el reloj otra vez (dos o tres minutos) y completá varias veces la siguiente frase:

  • Me gustaría…

Escribí sin ningún tipo de limitación.

Unir los resultados

El resultado inmediato del ejercicio: una lista de cosas que te gustaría tener, hacer o ser.

Leé lo anotado. Fijate qué frases se repiten. Si alguna se repite con leves variaciones, anotalas todas tal cuál están (no descartes ninguna idea porque te parece igual o parecida a otra). Tal vez notes que hay algunas que pertenecen al mismo grupo, o que se refieren al mismo aspecto. Podés anotarlas juntas y escribir más ideas si surgen.

Como todo ejercicio que trabaja con tu parte inconsciente, hay que darle tiempo a que madure. Guardá las notas y volvelas a revisar. Podés repetir cuando quieras el ejercicio, sin mirar los anteriores. El cerebro trabaja las veinticuatro horas del día y tiene la capacidad de  seguir avanzando sin que nuestra mente consciente haga ningún esfuerzo. Seguro van a surgir ideas nuevas.

Cualquiera de estas ideas es un buen punto de partida para elaborar un objetivo.